Una sola mesa para los descendientes y los nietos

Nunca he pensado en nada, solamente de golpe me doy cuenta de lo que he pensado, pero eso no tiene gracia, ¿verdad? , ¿Qué gracia va a tener darse cuenta de que uno ha pensado algo? Para el caso es lo mismo que si pensaras tú o cualquier otro. No soy yo, yo. Simplemente saco provecho de lo que pienso, pero siempre después, y eso es lo que no aguanto.

- Me duele la cabeza.
- No, guapo, te duele la resaca.
- También.
- Qué tío ¿Pasó algo ayer con tus amigos? ¿No estarías husmeando en las bragas de alguna zorrita de discoteca, no?
- Para nada, aún me sigues pareciendo lo suficientemente atractiva como para no tener esos arrebatos nocturnos de testosterona.
- Qué considerado eres, Chus ¿Esperas tranquilizarme con esa frase?
- Puede.
- Pues me temo que vas a tener que ser más preciso con tus explicaciones.
- A ver, cariño, sabes que a veces se me calienta el hocico. Me emborraché un poco, eso es todo. - ¿Todo, todo, todo?
 - Ah, bueno, también perdí los papeles por una hora y después fui incapaz de encontrarlos.
- ¡Qué tranquilizador!
- Calma, como si no supieras que a veces soy un poco dado al dramatismo.
- Lo que sé es que eres un caso perdido. Y deja de hacerme bromas con eso o no te la chupo en todo un mes.
- ¡Eres malévola, tía, con eso no se juega! Pero, verás… el caso es que ya me he cansado de pasar los domingos en blanco o, mejor dicho, en negro. A partir de ahora esto del salir de uvas a peras. Palabra. Además, en este estado no puedo disfrutar contigo de la película mala de la sobremesa.
- Vaya por Dios, qué tragedia. Aunque… los domingos son los domingos ¿no?
- Si. Fueron diseñados para ir a misa o para dormir la mona.
- O las dos cosas.
- Muy aguda. Escucha, estaba pensando ahora ¿Qué es lo que debe empujar a una persona a levantarse el domingo por la mañana para ir a aguantar los ladrillos de un cura?
- Pues supongo que lo mismo que le lleva a uno a trasnochar. Es otra manera de matar el tiempo.
- Pero chica ¿qué tiene de divertido la misa? Si al menos rulara el vino… No, lo que les lleva a misa es la fe. En otras palabras, un optimismo enfermizo que les lleva a pensar que por desgraciada que sea su vida, un día alguien o algo les recompensará.
- La fe consiste en creer en algo que sabes que no existe.
- ¿Eso no es de Bukowski?
- No, eso es de mi sensatez.
- Creo que empiezo a saber el porqué estamos juntos.
- ¡Idiota! Lo dices como si me estuvieras haciendo un favor. Pero volviendo al tema de la fe, todo el mundo tiene que creer en algo. En el amor, por ejemplo.
- Ya está la ñoña ¿A caso tú crees en el amor?
- Sí, por eso te aguanto.
- Bien devuelta. Pero mira, yo, sobre la fe y el amor, más bien creo en la satisfacción, el placer y el provecho mutuo. El amor es querer dar algo que no se tiene a alguien que no lo quiere, y en cuanto el provecho deja de ser mutuo deja de ser provecho. Supongo que prefiero vivir tranquilo. Es mejor vivir sin ilusiones que sufrir más decepciones.
- Chus, que antes hayas vivido tanto tiempo con una bruja no quiere decir que todas las demás lo seamos. ¿No crees que lo que defiendes es vivir a medias?
- Vivir es respirar, y yo respiro. Todo lo que no sea comer, dormir o respirar, es una ortopedia.
- ¡Estás loco! Y yo que pensaba que de los dos la pesimista retorcida era yo…
- Jajaja, que va, si en realidad estoy bien. Además, tú preguntaste.
- Disculpa ¿Te he hecho pensar en la anterior? ¿Sabes algo de ella?
- Pues no, pero me apuesto a que está sola otra vez y buscando de cama en cama, como siempre. ¿Cómo podría saberlo? Seguramente acabó con un tipo el doble de guapo que yo que debió salir espantado al poco tiempo. En el fondo me da pena. En cambio, yo he acabado con una el triple de lista que ella y que aún no ha salido espantada.
- Dame tiempo.
- Cuestión de preferencias ¿no crees?
- ¿Noto un cierto resentimiento en tu voz?
- No, cariño, es que ando de resaca.
- Ah
- ¿Y bien, por qué me miras ahora así? ¿Qué piensas?
- Podríamos pasarnos mañana por casa de mi madre, dice que nos hará una buena cena. Tiene por estrenar esa botella de Protos que le regalaste por su cumpleaños.
- Cena y vino ¿no suena eso muy cristiano?
- Hombre, si fuera la última cena que vas a tener sí. Pero tu suegra te quiere. No te va a envenenar.- Gracias, creo que hoy podré dormir tranquilo.
- Eres un tonto…
- Oye ¿A qué viene que hablemos tanto de estos temas seculares, que si misa, que si fe, que si cristianismo?
- Eeeemmmhhh…
- ¿No estaremos camino de formar una secta?
- Que va. Lo único bueno de las sectas es montar orgías, si no, no sirven para nada.
- Pues a ver cuando invitas a tu amiga, la rubia las tetas gordas, y nos montamos una buena fiesta los tres.
- ¡ERES UN PUTO PUERCO!
- Jajajaja
- Menos risitas.
- Valeeee
- ¿Crees que Dios es hombre o mujer?
- ¿Qué clase de pregunta es esa?
- Responde
- No tengo ni idea. Según la Iglesia católica, supongo que es un hombre. De lo contrario no tendría sentido que fueran tan machistas. Las mujeres son solo costilla del hombre. Es más, no les dejan ni ser sacerdotes.
- Perdona, pero una mujer que quiera ser sacerdote es tan imbécil que merecería serlo.
- Estoy de acuerdo.
- ¿Te acuerdas de Sara? Su hermana quiso ser sacerdote pero se metió a monja. Decía que era mejor tratar de cambiar la institución desde dentro.
- Eso suena muy orwelliano. Hay que joderse, hay tías como esa que de haber tenido el himen en el cerebro, serían virgenes toda la vida.
- Pues yo tengo algunas amigas que te patearían el culo si te oyeran hacer ese tipo de comentarios de cavernícola machista.
- Ya estamos con lo políticamente correcto. Yo me cago y recago en lo políticamente correcto. Hay feministas que son peores que el peor de los machistas.
- El peor de los machistas es lo peor que hay y tú creo que ahora estás haciendo oposiciones a ello.
- No, cielo, el peor de los machistas es una mujer feminista radical. Lo que falla no es el género de la persona, es su cerebro. Hay malos hombres y malas mujeres. El mundo está podrido y la humanidad es la carcoma. No tiene nada que ver con el sexo. Soy tío y bastante desgracia tengo como para pagar encima por ello.
- ¿Te estás encendiendo?
- Eso tú, que me sueltas a veces rollos de esos que si quiero estar solo, que si pienso en la otra. Ni la otra, ni solo. Nadie quiere estar solo, nadie soporta estar demasiado tiempo con uno mismo.
- Pues a mi no me importa estar sola.
- Eso tiene que ver más con el miedo que con la independencia. Quien necesita sin necesitar no necesita nada que necesitar.
- (…)
- ¿Me pasas un cigarrillo o hacemos el amor?
- ¿Y tú crees en el amor?
- ¡¿Otra vez?!
- Sí.
- Por supuesto que creo en el amor, más que en Dios, creo en ti.
- (silencio)
- Amén.  Ver en alta resolución

- Me duele la cabeza.

- No, guapo, te duele la resaca.

- También.

- Qué tío ¿Pasó algo ayer con tus amigos? ¿No estarías husmeando en las bragas de alguna zorrita de discoteca, no?

- Para nada, aún me sigues pareciendo lo suficientemente atractiva como para no tener esos arrebatos nocturnos de testosterona.

- Qué considerado eres, Chus ¿Esperas tranquilizarme con esa frase?

- Puede.

- Pues me temo que vas a tener que ser más preciso con tus explicaciones.

- A ver, cariño, sabes que a veces se me calienta el hocico. Me emborraché un poco, eso es todo.
 
- ¿Todo, todo, todo?

 - Ah, bueno, también perdí los papeles por una hora y después fui incapaz de encontrarlos.

- ¡Qué tranquilizador!

- Calma, como si no supieras que a veces soy un poco dado al dramatismo.

- Lo que sé es que eres un caso perdido. Y deja de hacerme bromas con eso o no te la chupo en todo un mes.

- ¡Eres malévola, tía, con eso no se juega! Pero, verás… el caso es que ya me he cansado de pasar los domingos en blanco o, mejor dicho, en negro. A partir de ahora esto del salir de uvas a peras. Palabra. Además, en este estado no puedo disfrutar contigo de la película mala de la sobremesa.

- Vaya por Dios, qué tragedia. Aunque… los domingos son los domingos ¿no?

- Si. Fueron diseñados para ir a misa o para dormir la mona.

- O las dos cosas.

- Muy aguda. Escucha, estaba pensando ahora ¿Qué es lo que debe empujar a una persona a levantarse el domingo por la mañana para ir a aguantar los ladrillos de un cura?

- Pues supongo que lo mismo que le lleva a uno a trasnochar. Es otra manera de matar el tiempo.

- Pero chica ¿qué tiene de divertido la misa? Si al menos rulara el vino… No, lo que les lleva a misa es la fe. En otras palabras, un optimismo enfermizo que les lleva a pensar que por desgraciada que sea su vida, un día alguien o algo les recompensará.

- La fe consiste en creer en algo que sabes que no existe.

- ¿Eso no es de Bukowski?

- No, eso es de mi sensatez.

- Creo que empiezo a saber el porqué estamos juntos.

- ¡Idiota! Lo dices como si me estuvieras haciendo un favor. Pero volviendo al tema de la fe, todo el mundo tiene que creer en algo. En el amor, por ejemplo.

- Ya está la ñoña ¿A caso tú crees en el amor?

- Sí, por eso te aguanto.

- Bien devuelta. Pero mira, yo, sobre la fe y el amor, más bien creo en la satisfacción, el placer y el provecho mutuo. El amor es querer dar algo que no se tiene a alguien que no lo quiere, y en cuanto el provecho deja de ser mutuo deja de ser provecho. Supongo que prefiero vivir tranquilo. Es mejor vivir sin ilusiones que sufrir más decepciones.

- Chus, que antes hayas vivido tanto tiempo con una bruja no quiere decir que todas las demás lo seamos. ¿No crees que lo que defiendes es vivir a medias?

- Vivir es respirar, y yo respiro. Todo lo que no sea comer, dormir o respirar, es una ortopedia.

- ¡Estás loco! Y yo que pensaba que de los dos la pesimista retorcida era yo…

- Jajaja, que va, si en realidad estoy bien. Además, tú preguntaste.

- Disculpa ¿Te he hecho pensar en la anterior? ¿Sabes algo de ella?

- Pues no, pero me apuesto a que está sola otra vez y buscando de cama en cama, como siempre. ¿Cómo podría saberlo? Seguramente acabó con un tipo el doble de guapo que yo que debió salir espantado al poco tiempo. En el fondo me da pena. En cambio, yo he acabado con una el triple de lista que ella y que aún no ha salido espantada.

- Dame tiempo.

- Cuestión de preferencias ¿no crees?

- ¿Noto un cierto resentimiento en tu voz?

- No, cariño, es que ando de resaca.

- Ah

- ¿Y bien, por qué me miras ahora así? ¿Qué piensas?

- Podríamos pasarnos mañana por casa de mi madre, dice que nos hará una buena cena. Tiene por estrenar esa botella de Protos que le regalaste por su cumpleaños.

- Cena y vino ¿no suena eso muy cristiano?

- Hombre, si fuera la última cena que vas a tener sí. Pero tu suegra te quiere. No te va a envenenar.

- Gracias, creo que hoy podré dormir tranquilo.

- Eres un tonto…

- Oye ¿A qué viene que hablemos tanto de estos temas seculares, que si misa, que si fe, que si cristianismo?

- Eeeemmmhhh…

- ¿No estaremos camino de formar una secta?

- Que va. Lo único bueno de las sectas es montar orgías, si no, no sirven para nada.

- Pues a ver cuando invitas a tu amiga, la rubia las tetas gordas, y nos montamos una buena fiesta los tres.

- ¡ERES UN PUTO PUERCO!

- Jajajaja

- Menos risitas.

- Valeeee

- ¿Crees que Dios es hombre o mujer?

- ¿Qué clase de pregunta es esa?

- Responde

- No tengo ni idea. Según la Iglesia católica, supongo que es un hombre. De lo contrario no tendría sentido que fueran tan machistas. Las mujeres son solo costilla del hombre. Es más, no les dejan ni ser sacerdotes.

- Perdona, pero una mujer que quiera ser sacerdote es tan imbécil que merecería serlo.

- Estoy de acuerdo.

- ¿Te acuerdas de Sara? Su hermana quiso ser sacerdote pero se metió a monja. Decía que era mejor tratar de cambiar la institución desde dentro.

- Eso suena muy orwelliano. Hay que joderse, hay tías como esa que de haber tenido el himen en el cerebro, serían virgenes toda la vida.

- Pues yo tengo algunas amigas que te patearían el culo si te oyeran hacer ese tipo de comentarios de cavernícola machista.

- Ya estamos con lo políticamente correcto. Yo me cago y recago en lo políticamente correcto. Hay feministas que son peores que el peor de los machistas.

- El peor de los machistas es lo peor que hay y tú creo que ahora estás haciendo oposiciones a ello.

- No, cielo, el peor de los machistas es una mujer feminista radical. Lo que falla no es el género de la persona, es su cerebro. Hay malos hombres y malas mujeres. El mundo está podrido y la humanidad es la carcoma. No tiene nada que ver con el sexo. Soy tío y bastante desgracia tengo como para pagar encima por ello.

- ¿Te estás encendiendo?

- Eso tú, que me sueltas a veces rollos de esos que si quiero estar solo, que si pienso en la otra. Ni la otra, ni solo. Nadie quiere estar solo, nadie soporta estar demasiado tiempo con uno mismo.

- Pues a mi no me importa estar sola.

- Eso tiene que ver más con el miedo que con la independencia. Quien necesita sin necesitar no necesita nada que necesitar.

- (…)

- ¿Me pasas un cigarrillo o hacemos el amor?

- ¿Y tú crees en el amor?

- ¡¿Otra vez?!

- Sí.

- Por supuesto que creo en el amor, más que en Dios, creo en ti.

- (silencio)

- Amén. 

Se había perdido una chica y yo la he encontrado. En la ciudad había varios carteles desperdigados con la fotografía de la joven y unos pocos datos de interés. En las hojas ponía la palabra: Desaparecida, pero por su semblante yo sabía que, en realidad, se había escapado. Esa mirada, aunque congelada, no llevaba al engaño. Aquellas fotos te miraban como si quisieran salir del papel, con una mezcla de infelicidad y ganas de recorrer el mundo. Estaba claro que no había sido secuestrada o desaparecida en extrañas circunstancias. Simplemente ella se fue, y por eso el cartel era cierto pero equivoco. Cuando la reconocí caminando por la playa ya no quedaba nadie. No hice otra cosa que acercarme y le dije ¿Me haces una foto? Tras su sorpresa inicial, cogió mi cámara y me capturó. Miré en la pantalla y vi que salía con una expresión entre insatisfecha y con ganas de conocer otras culturas. Acto seguido le mostré la fotografía y ella en seguida lo comprendió todo. Me sonrió. Hablamos juntos toda la tarde, sobre ella, sobre mí, sobre la posibilidad de ver el rayo verde los dos, sobre el pasado, el presente y el futuro. Mientras sonreía, absorta en lo mágico del momento, aproveché para hacerle una nueva fotografía que pensé que podría venir acompañada de la palabra: Encontrada. La ocurrencia me hizo esbozar una sonrisa que ella aprovechó para inmortalizar con mi cámara después de cogerla dulcemente de mis manos. A partir de ese momento hubieron dos sonrisas justo al borde de la orilla en esta tierra perfumada de brea… y habría salido una fotografía preciosa de los dos cogidos de la mano, pero no había nadie más presente para retratarnos. Y tampoco hizo falta.  Ver en alta resolución

Se había perdido una chica y yo la he encontrado. En la ciudad había varios carteles desperdigados con la fotografía de la joven y unos pocos datos de interés. En las hojas ponía la palabra: Desaparecida, pero por su semblante yo sabía que, en realidad, se había escapado. Esa mirada, aunque congelada, no llevaba al engaño. Aquellas fotos te miraban como si quisieran salir del papel, con una mezcla de infelicidad y ganas de recorrer el mundo. Estaba claro que no había sido secuestrada o desaparecida en extrañas circunstancias. Simplemente ella se fue, y por eso el cartel era cierto pero equivoco. Cuando la reconocí caminando por la playa ya no quedaba nadie. No hice otra cosa que acercarme y le dije ¿Me haces una foto? Tras su sorpresa inicial, cogió mi cámara y me capturó. Miré en la pantalla y vi que salía con una expresión entre insatisfecha y con ganas de conocer otras culturas. Acto seguido le mostré la fotografía y ella en seguida lo comprendió todo. Me sonrió. Hablamos juntos toda la tarde, sobre ella, sobre mí, sobre la posibilidad de ver el rayo verde los dos, sobre el pasado, el presente y el futuro. Mientras sonreía, absorta en lo mágico del momento, aproveché para hacerle una nueva fotografía que pensé que podría venir acompañada de la palabra: Encontrada. La ocurrencia me hizo esbozar una sonrisa que ella aprovechó para inmortalizar con mi cámara después de cogerla dulcemente de mis manos. A partir de ese momento hubieron dos sonrisas justo al borde de la orilla en esta tierra perfumada de brea… y habría salido una fotografía preciosa de los dos cogidos de la mano, pero no había nadie más presente para retratarnos. Y tampoco hizo falta. 

- Mmmmmhhh…
- ¿Sabes?
- S-Sigue… sí… a-así…
- He estado pensando
- ¡¿QUÉ?! ¡¿Se puede saber porque te paras ahora?!
- Me gustaría tener toda una vida para conocerte.
- Oye, Chus, ¡¿tienes que sacar el romanticismo barato en un momento como éste?!
- No, en serio, me gustaría conocerte, más, toda una vida.
- Dios, qué hombre, cuando le tienes que dar a la lengua para hablar, no hablas y cuando la tienes que usar para otras cosas, te pones a hablar (…) A ver ¿a qué te refieres con conocerme más? ¿Es que no me conoces ya lo suficiente?
- Uno nunca sabe. Uno piensa que conoce a las personas, pero no. Créeme, yo sé un poco de eso. Verás, lo que quiero ahora mismo es estar totalmente seguro que intelectualmente eres tan atractiva como físicamente.
- Ya empezamos. ¿Y si resulta que lo soy?
- Entonces no te dejaría escapar nunca.
- ¿Y tan importante es eso para ti?
- Por supuesto. Determinaría las armas a emplear.
- ¿Y cuáles son esas armas?
- Si te lo digo, guapa, perderían eficacia.
- Ya tenemos al listo. Está bien, supongamos que fuera una idiota ¿Ya no tendrías interés?
- ¿Te refieres a interés sexual?
- Sí
- Acabarías perdiendo, desde luego.
- ¿Por qué?
- Porque si fueras una pazguata no podrías ser sexualmente inquieta, y en ese caso dejarías de interesarme.
- Estás equivocado tío, se puede ser una zorra pazguata. Es perfectamente compatible.
- Yo no he dicho que quiera una zorra.
- Pero estás dándolo a entender, chato.
- Eso es porque has hecho una interpretación muy libre de la expresión sexualmente inquieta.
- Veo poca subjetividad posible.
- No estoy de acuerdo. Malinterpretas deliberadamente. Lo que quiero decir es que si fueras una necia, no accederías nunca a ciertas prácticas.
- Entonces te he entendido bien. Para ti, estúpida y estrecha son inseparables.
- No. Para mí es diferente fácil de inquieta.
- Es decir, que no quieres a una tía fácil y tonta.
- Bueno, en caso de emergencia, puede valer.
- ¡Menudo puerco!
- Déjame acabar, por favor, digo, que en según qué circunstancias puede valer; pero ya vengo de tías así en el pasado y no me interesan. Aunque eran mejores, desde luego, que las estúpidas estrechas. Pero me canso rápido de ese género, lo reconozco.
- Incluso aunque sea una viciosa.
- Creo que no me entiendes. El tipo de prácticas a las que me estoy refiriendo tiene más que ver con apertura mental, no de piernas.
- Y yo insisto en que te entiendo perfectamente. La tonta del pueblo a menudo accede a las perversiones más detestables.
- No me refiero a perversiones. Sigues sin entender nada.
- Pues ponme un ejemplo, Chus. Te ayudo. Supongamos que yo soy inteligente y no soy una estrecha. Dime algo que harías ahora conmigo y a lo que la estúpida no accediera.
- No sé trata de acceder, se trata de entender.
- Explícate.
- ¿Recuerdas cuando estoy dentro de ti y movernos tan despacio hace que creamos que el mundo se ha parado, para luego, mirándonos a los ojos, con sólo cambiar la expresión de las pupilas, sin aumentar el ritmo del movimiento, acabar ambos en el éxtasis más absoluto? Pues a eso es a lo que me refiero, por ejemplo. ¿Crees que alguien que ni siquiera comprende la frase a la primera puede llegar a ser capaz de imaginar lo que se siente en esas circunstancias?
- Probablemente no… Me has convencido.
- Ahora me tienes que convencer tú a mí.
- (…)
- (sonrisa)
- ¿Sabes que mañana es Sant Jordi? Hace tiempo que no escribes ¿Me escribirás un poema?
- No escribo cosas cuando estoy feliz, se me da mal escribir bien cuando estoy contento.
- Chus
- ¿Qué?
- …Acábame…Lo necesito…
Entonces dejé de darle a la lengua para hablar y la usé para otras cosas. Estuve unos minutos bebiendo de ella, ahí abajo, hasta que se estremeció, arqueó su espalda, y rompió en un estallido de placer. Acto seguido saqué la cabeza de debajo de sus piernas y mirándola a los ojos, le sonreí como si el orgasmo hubiera sido mío.
- Ven aquí, tonto…
Subí por su cuerpo desnudo, parándome con los labios en cada zona erógena. Me acerqué despacio hasta su boca, y la besé tiernamente con la misma lengua que segundos antes le había hecho tan feliz.  Ver en alta resolución

- Mmmmmhhh…

- ¿Sabes?

- S-Sigue… sí… a-así…

- He estado pensando

- ¡¿QUÉ?! ¡¿Se puede saber porque te paras ahora?!

- Me gustaría tener toda una vida para conocerte.

- Oye, Chus, ¡¿tienes que sacar el romanticismo barato en un momento como éste?!

- No, en serio, me gustaría conocerte, más, toda una vida.

- Dios, qué hombre, cuando le tienes que dar a la lengua para hablar, no hablas y cuando la tienes que usar para otras cosas, te pones a hablar (…) A ver ¿a qué te refieres con conocerme más? ¿Es que no me conoces ya lo suficiente?

- Uno nunca sabe. Uno piensa que conoce a las personas, pero no. Créeme, yo sé un poco de eso. Verás, lo que quiero ahora mismo es estar totalmente seguro que intelectualmente eres tan atractiva como físicamente.

- Ya empezamos. ¿Y si resulta que lo soy?

- Entonces no te dejaría escapar nunca.

- ¿Y tan importante es eso para ti?

- Por supuesto. Determinaría las armas a emplear.

- ¿Y cuáles son esas armas?

- Si te lo digo, guapa, perderían eficacia.

- Ya tenemos al listo. Está bien, supongamos que fuera una idiota ¿Ya no tendrías interés?

- ¿Te refieres a interés sexual?

- Sí

- Acabarías perdiendo, desde luego.

- ¿Por qué?

- Porque si fueras una pazguata no podrías ser sexualmente inquieta, y en ese caso dejarías de interesarme.

- Estás equivocado tío, se puede ser una zorra pazguata. Es perfectamente compatible.

- Yo no he dicho que quiera una zorra.

- Pero estás dándolo a entender, chato.

- Eso es porque has hecho una interpretación muy libre de la expresión sexualmente inquieta.

- Veo poca subjetividad posible.

- No estoy de acuerdo. Malinterpretas deliberadamente. Lo que quiero decir es que si fueras una necia, no accederías nunca a ciertas prácticas.

- Entonces te he entendido bien. Para ti, estúpida y estrecha son inseparables.

- No. Para mí es diferente fácil de inquieta.

- Es decir, que no quieres a una tía fácil y tonta.

- Bueno, en caso de emergencia, puede valer.

- ¡Menudo puerco!

- Déjame acabar, por favor, digo, que en según qué circunstancias puede valer; pero ya vengo de tías así en el pasado y no me interesan. Aunque eran mejores, desde luego, que las estúpidas estrechas. Pero me canso rápido de ese género, lo reconozco.

- Incluso aunque sea una viciosa.

- Creo que no me entiendes. El tipo de prácticas a las que me estoy refiriendo tiene más que ver con apertura mental, no de piernas.

- Y yo insisto en que te entiendo perfectamente. La tonta del pueblo a menudo accede a las perversiones más detestables.

- No me refiero a perversiones. Sigues sin entender nada.

- Pues ponme un ejemplo, Chus. Te ayudo. Supongamos que yo soy inteligente y no soy una estrecha. Dime algo que harías ahora conmigo y a lo que la estúpida no accediera.

- No sé trata de acceder, se trata de entender.

- Explícate.

- ¿Recuerdas cuando estoy dentro de ti y movernos tan despacio hace que creamos que el mundo se ha parado, para luego, mirándonos a los ojos, con sólo cambiar la expresión de las pupilas, sin aumentar el ritmo del movimiento, acabar ambos en el éxtasis más absoluto? Pues a eso es a lo que me refiero, por ejemplo. ¿Crees que alguien que ni siquiera comprende la frase a la primera puede llegar a ser capaz de imaginar lo que se siente en esas circunstancias?

- Probablemente no… Me has convencido.

- Ahora me tienes que convencer tú a mí.

- (…)

- (sonrisa)

- ¿Sabes que mañana es Sant Jordi? Hace tiempo que no escribes ¿Me escribirás un poema?

- No escribo cosas cuando estoy feliz, se me da mal escribir bien cuando estoy contento.

- Chus

- ¿Qué?

- …Acábame…Lo necesito…

Entonces dejé de darle a la lengua para hablar y la usé para otras cosas. Estuve unos minutos bebiendo de ella, ahí abajo, hasta que se estremeció, arqueó su espalda, y rompió en un estallido de placer. Acto seguido saqué la cabeza de debajo de sus piernas y mirándola a los ojos, le sonreí como si el orgasmo hubiera sido mío.

- Ven aquí, tonto…

Subí por su cuerpo desnudo, parándome con los labios en cada zona erógena. Me acerqué despacio hasta su boca, y la besé tiernamente con la misma lengua que segundos antes le había hecho tan feliz. 

- ¿Hace un poco de frío, no? 
- No me cambies de tema, siempre estás con lo mismo. Cuando algo te incomoda te haces el tonto. 
- Viluvi va, viluvi viene. ¿Decías?- ¡Idiota!
- Vale, no, en serio, dime.
- Bien, Chus. ¿Qué esperas exactamente de mí?- Bueno, para ser sinceros, espero liberarme, antes, de un cargamento de besos que tengo acumulados desde hace un tiempo y se me van a estropear.
- ¿Cómo puedes tener tanta cara?- Es una condición indispensable para tener un número de amantes aceptable.- ¿Me estás diciendo que estás a favor de la promiscuidad?- Bueno, esa palabra suena casi obscena dicha de esa forma. Yo más bien diría que no soy muy partidario de acumular besos, porque el sitio donde los guardo es todo lo contrario a fresco y seco. Es un almacén húmedo y tórrido en el que todo lo orgánico se descompone rápidamente.- Ah, claro, y los besos son orgánicos, ¿no?- Hombre, depende. Hay besos completamente inertes. Pero un beso bien dado es más que orgánico, es un ser vivo.- ¿Un ser vivo? Jajajaja, me parto. Y supongo que tienes una explicación también para eso, ¿no?- Está claro. Los besos nacen, crecen, se reproducen y mueren.- O sea, que para ti todo tiene que acabar.- No necesariamente. Hay quien tiene paciencia suficiente. Aunque a decir verdad, me parecen un poco sospechosas las parejas que se mueren antes que sus besos.- Querrás decir después.- Las dos cosas me parecen sospechosas.- ¿Es que no crees en el amor para toda la vida?- Digamos que soy agnóstico.- Vamos, que no.- No es que no crea, es de lo que no se conoce, es mejor no hablar.- ¿Nunca has estado enamorado?- Esa es una pregunta trampa, pero te voy a responder de todas formas. Soy incapaz de esquivar una pregunta, especialmente si no quiero contestarla. Verás, todas mis historias, antes de convertirse en amores, han empezado con un ir y venir de recorrerse frecuentemente.- ¿Recorrerse?- No seas malpensada. Los poetas no somos tan obscenos, aunque sería un buen juego de palabras, no digo que no. Me refiero a pasear infinitamente por el cuerpo del otro. A mí, lo que me sucede, y digo hasta ahora, es que me pongo a deambular por el cuerpo de la otra persona, y la otra persona se pone a pasear por mi cuerpo, y cuando ya el terreno es tan conocido que encontrar un recoveco nuevo es una agradable sorpresa, cuando ya no te pierdes en las curvas más cerradas, suele coincidir con que tampoco te pierdes en los contraargumentos.- Vamos, que tú para conocer a una mujer a fondo, tiene que ser en la cama.- Jajaja, qué poco sentido lírico tienes, mujer. Aunque no vas desencaminada, porque dime, ¿cuándo has tenido una charla seria con un hombre que aún no haya eyaculado?- Eso es verdad, sois incapaces de concentraros. Después de correros os sale toda la sensibilidad. O las ganas de echarnos de la cama de una patada.- Reconozco que todo es posible, pero estamos hablando de amor, me parece, así que queda descartada la opción de la hostilidad postcoital.- Entonces reconoces que hay veces que piensas que no vale la pena hablar después de nada interesante.- Vamos a ver, me dices “reconoces” como si estuvieras frente a un acusado de genocidio. Sin embargo, estoy seguro de que alguna vez, después de que un hombre dejara todo su amor dentro de ti, te has preguntado qué coño hacías con ese buey que no sabe ni pronunciar tu nombre. Sonríes, luego asientes. Al final vamos a estar más de acuerdo de lo que pensábamos, y va a resultar que tú también crees que son pocas las veces en las que vale la pena quedarse a charlar después de tocar el cielo.- Yo no he dicho eso.- Pero mira como no eres capaz de decir: yo no pienso eso. Que quede atrapado en el filtro de la buena educación no implica que no estés completamente de acuerdo.- Joder, si no me dejas expresarme. Le das la vuelta a todo lo que digo para utilizarlo en mi contra.- Si necesitas un abogado para hablar conmigo, podemos arreglarlo, pero te advierto que en ciertos contextos puede resultar un poco violento.- Lo único que necesito es que te calles y que me dejes hablar.- Pues habla, mujer, habla. ¿O quieres dejarlo para cuando estemos más relajados?- ¿No tienes vergüenza de nada, eh? Lo primero, deja de mirarme así.- ¿Así cómo?- Da igual, tú para y punto. Lo que yo creo es que tú no tienes ni idea de lo que buscas, y por eso andas con unas y con otras y ninguna te convence, porque en realidad lo que no te convence eres tú. Cuando no estás bien contigo, no puedes estar bien con nadie. Y luego vienen los problemas.- Vaya, por un momento pensaba que describías a mi ex pareja. No, no está mal lo que dices, aunque no es muy original. Yo sé perfectamente lo que busco, y en el fondo tú también, lo que pasa es que desapruebas mi método de ensayo y error.- ¿Ensayo y error? ¿Se puede ser más cerdo?- ¿Ves? Sabía que te ibas a enfadar, pero no me preocupa. No es algo nuevo para mí que decirle la verdad a una mujer sólo pueda llevar a que se enfade o a que se enamore de ti, o a las dos cosas a la vez.- Eso es machista y anticuado. Además, es mentira.- Estoy de acuerdo en que es un argumento utilizado por los varones desde hace tiempo, pero no deja de ser verdad por ser antiguo. Las verdades antiguas se convierten con el paso del tiempo en literatura clásica.- (…)- Por cierto ¿Te he dicho alguna vez lo guapa que te pones cuando te enfadas? Me encantas.- ¡IDIOTA!

- ¿Hace un poco de frío, no?

- No me cambies de tema, siempre estás con lo mismo. Cuando algo te incomoda te haces el tonto.

- Viluvi va, viluvi viene. ¿Decías?

- ¡Idiota!

- Vale, no, en serio, dime.

- Bien, Chus. ¿Qué esperas exactamente de mí?

- Bueno, para ser sinceros, espero liberarme, antes, de un cargamento de besos que tengo acumulados desde hace un tiempo y se me van a
estropear.

- ¿Cómo puedes tener tanta cara?

- Es una condición indispensable para tener un número de amantes aceptable.

- ¿Me estás diciendo que estás a favor de la promiscuidad?

- Bueno, esa palabra suena casi obscena dicha de esa forma. Yo más bien diría que no soy muy partidario de acumular besos, porque el sitio donde los guardo es todo lo contrario a fresco y seco. Es un almacén húmedo y tórrido en el que todo lo orgánico se descompone rápidamente.

- Ah, claro, y los besos son orgánicos, ¿no?

- Hombre, depende. Hay besos completamente inertes. Pero un beso bien dado es más que orgánico, es un ser vivo.

- ¿Un ser vivo? Jajajaja, me parto. Y supongo que tienes una explicación también para eso, ¿no?

- Está claro. Los besos nacen, crecen, se reproducen y mueren.

- O sea, que para ti todo tiene que acabar.

- No necesariamente. Hay quien tiene paciencia suficiente. Aunque a decir verdad, me parecen un poco sospechosas las parejas que se mueren antes que sus besos.

- Querrás decir después.

- Las dos cosas me parecen sospechosas.

- ¿Es que no crees en el amor para toda la vida?

- Digamos que soy agnóstico.

- Vamos, que no.

- No es que no crea, es de lo que no se conoce, es mejor no hablar.

- ¿Nunca has estado enamorado?

- Esa es una pregunta trampa, pero te voy a responder de todas formas. Soy incapaz de esquivar una pregunta, especialmente si no quiero contestarla. Verás, todas mis historias, antes de convertirse en amores, han empezado con un ir y venir de recorrerse frecuentemente.

- ¿Recorrerse?

- No seas malpensada. Los poetas no somos tan obscenos, aunque sería un buen juego de palabras, no digo que no. Me refiero a pasear infinitamente por el cuerpo del otro. A mí, lo que me sucede, y digo hasta ahora, es que me pongo a deambular por el cuerpo de la otra persona, y la otra persona se pone a pasear por mi cuerpo, y cuando ya el terreno es tan conocido que encontrar un recoveco nuevo es una agradable sorpresa, cuando ya no te pierdes en las curvas más cerradas, suele coincidir con que tampoco te pierdes en los contraargumentos.

- Vamos, que tú para conocer a una mujer a fondo, tiene que ser en la cama.

- Jajaja, qué poco sentido lírico tienes, mujer. Aunque no vas desencaminada, porque dime, ¿cuándo has tenido una charla seria con un hombre que aún no haya eyaculado?

- Eso es verdad, sois incapaces de concentraros. Después de correros os sale toda la sensibilidad. O las ganas de echarnos de la cama de una patada.

- Reconozco que todo es posible, pero estamos hablando de amor, me parece, así que queda descartada la opción de la hostilidad postcoital.

- Entonces reconoces que hay veces que piensas que no vale la pena hablar después de nada interesante.

- Vamos a ver, me dices “reconoces” como si estuvieras frente a un acusado de genocidio. Sin embargo, estoy seguro de que alguna vez, después de que un hombre dejara todo su amor dentro de ti, te has preguntado qué coño hacías con ese buey que no sabe ni pronunciar tu nombre. Sonríes, luego asientes. Al final vamos a estar más de acuerdo de lo que pensábamos, y va a resultar que tú también crees que son pocas las veces en las que vale la pena quedarse a charlar después de tocar el cielo.

- Yo no he dicho eso.

- Pero mira como no eres capaz de decir: yo no pienso eso. Que quede atrapado en el filtro de la buena educación no implica que no estés completamente de acuerdo.

- Joder, si no me dejas expresarme. Le das la vuelta a todo lo que digo para utilizarlo en mi contra.

- Si necesitas un abogado para hablar conmigo, podemos arreglarlo, pero te advierto que en ciertos contextos puede resultar un poco violento.

- Lo único que necesito es que te calles y que me dejes hablar.

- Pues habla, mujer, habla. ¿O quieres dejarlo para cuando estemos más relajados?

- ¿No tienes vergüenza de nada, eh? Lo primero, deja de mirarme así.

- ¿Así cómo?

- Da igual, tú para y punto. Lo que yo creo es que tú no tienes ni idea de lo que buscas, y por eso andas con unas y con otras y ninguna te convence, porque en realidad lo que no te convence eres tú. Cuando no estás bien contigo, no puedes estar bien con nadie. Y luego vienen los problemas.

- Vaya, por un momento pensaba que describías a mi ex pareja. No, no está mal lo que dices, aunque no es muy original. Yo sé perfectamente lo que busco, y en el fondo tú también, lo que pasa es que desapruebas mi método de ensayo y error.

- ¿Ensayo y error? ¿Se puede ser más cerdo?

- ¿Ves? Sabía que te ibas a enfadar, pero no me preocupa. No es algo nuevo para mí que decirle la verdad a una mujer sólo pueda llevar a que se enfade o a que se enamore de ti, o a las dos cosas a la vez.

- Eso es machista y anticuado. Además, es mentira.

- Estoy de acuerdo en que es un argumento utilizado por los varones desde hace tiempo, pero no deja de ser verdad por ser antiguo. Las verdades antiguas se convierten con el paso del tiempo en literatura clásica.

- (…)

- Por cierto ¿Te he dicho alguna vez lo guapa que te pones cuando te enfadas? Me encantas.

- ¡IDIOTA!

De pequeños jugamos en la arena a levantar castillos por el simple placer de defenderlos. Hacemos lo imposible por salvarlos, amurallar la orilla o arrojar nuestro incansable cuerpo ante las olas. Bien, hasta un niño comprende a la primera que el agua siempre gana, no se puede luchar con la marea; y eso es lo que le da sentido al juego, la ilusión de pensar que el siguiente palacio será eterno. Sospecho, a veces, que la vida, que las relaciones, es sólo danzar de playa en playa construyendo castillos de arena. Hasta que el sol se ponga, hasta que haga frío, hasta que uno se agote.  Ver en alta resolución

De pequeños jugamos en la arena a levantar castillos por el simple placer de defenderlos. Hacemos lo imposible por salvarlos, amurallar la orilla o arrojar nuestro incansable cuerpo ante las olas. Bien, hasta un niño comprende a la primera que el agua siempre gana, no se puede luchar con la marea; y eso es lo que le da sentido al juego, la ilusión de pensar que el siguiente palacio será eterno. Sospecho, a veces, que la vida, que las relaciones, es sólo danzar de playa en playa construyendo castillos de arena. Hasta que el sol se ponga, hasta que haga frío, hasta que uno se agote. 

Salí del lavabo y tragué la saliva, notando su sabor amargo, mientras me dirigía a mi taburete frente a la barra. En ese momento comenzó a sonar I Walk the Line de Cash. Me gusta esa canción, mucho, aunque parece que no era el sentimiento compartido por el resto del Tequila. Los jóvenes del lugar, que eran mayoría, hacían muecas como si la sintonía les pareciera demasiado apolillada. Anacrónica. De un sorbo acabé lo que me quedaba de cerveza y pedí otra a la camarera. Esperando la cuarta de la noche, miré a mi alrededor y vi, a unos cinco metros de distancia, a una chica morena con la cara felina, muy guapa, con buenas curvas y bien vestida. Sin duda, destacaba sobre el resto. Me la quedé observando como atontado un par de segundos y se percató de ello. El contacto visual entre ambos fue fugaz e hizo que bajara la mirada por pudor. Ella hizo exactamente lo mismo. Un minuto más tarde, volvimos a hacer contacto. Pasados unos segundos, otro, seguido de otro más. De un sutil movimiento se apartó el pelo que le caía sobre los pechos y con el dedo índice empezó a hacer jirones con un mechón. Me volvió a mirar. Respondí manteniéndole la mirada a la vez que daba un sorbo a mi cerveza. En ese momento cogió al chico que tenía al lado, lo puso de espaldas a mí y lo besó con ganas. Su mirada furtiva, o quizás no lo fuera tanto, contactó con la mía mientras se comía la boca del maromo. Acto seguido acabaron sus copas y la chica marchó con su novio. No hubieron más miradas mientras abandonaban. Vaya, qué cosas, me recordó mucho a mi ex pareja… y no sólo por el aspecto físico. Acto seguido sonó mi teléfono. Era mi compañera que llegaba en un cuarto de hora al local. Volví otra vez al lavabo para vaciar la vejiga, después salí a la puerta del bar y me encendí un cigarrillo, esperándola. Ahora mismo pienso que soy aun lo bastante joven y que hay cosas que se escapan de mi entendimiento, supongo que dejarlas aquí escritas ayuda a comprenderlas mejor.  

Salí del lavabo y tragué la saliva, notando su sabor amargo, mientras me dirigía a mi taburete frente a la barra. En ese momento comenzó a sonar I Walk the Line de Cash. Me gusta esa canción, mucho, aunque parece que no era el sentimiento compartido por el resto del Tequila. Los jóvenes del lugar, que eran mayoría, hacían muecas como si la sintonía les pareciera demasiado apolillada. Anacrónica. De un sorbo acabé lo que me quedaba de cerveza y pedí otra a la camarera. Esperando la cuarta de la noche, miré a mi alrededor y vi, a unos cinco metros de distancia, a una chica morena con la cara felina, muy guapa, con buenas curvas y bien vestida. Sin duda, destacaba sobre el resto. Me la quedé observando como atontado un par de segundos y se percató de ello. El contacto visual entre ambos fue fugaz e hizo que bajara la mirada por pudor. Ella hizo exactamente lo mismo. Un minuto más tarde, volvimos a hacer contacto. Pasados unos segundos, otro, seguido de otro más. De un sutil movimiento se apartó el pelo que le caía sobre los pechos y con el dedo índice empezó a hacer jirones con un mechón. Me volvió a mirar. Respondí manteniéndole la mirada a la vez que daba un sorbo a mi cerveza. En ese momento cogió al chico que tenía al lado, lo puso de espaldas a mí y lo besó con ganas. Su mirada furtiva, o quizás no lo fuera tanto, contactó con la mía mientras se comía la boca del maromo. Acto seguido acabaron sus copas y la chica marchó con su novio. No hubieron más miradas mientras abandonaban. Vaya, qué cosas, me recordó mucho a mi ex pareja… y no sólo por el aspecto físico. Acto seguido sonó mi teléfono. Era mi compañera que llegaba en un cuarto de hora al local. Volví otra vez al lavabo para vaciar la vejiga, después salí a la puerta del bar y me encendí un cigarrillo, esperándola. Ahora mismo pienso que soy aun lo bastante joven y que hay cosas que se escapan de mi entendimiento, supongo que dejarlas aquí escritas ayuda a comprenderlas mejor.  

Hubo un tiempo en el cual le decía a la gente: todo mi karma contigo. Pero ya no lo digo, no. A decir verdad, tampoco he sabido nunca exactamente qué significa ¿será esto un tema de la xenoglosia? Yo qué coño sé, al caso, tanto le importa a uno lo que es el karma. Como si no fuera una más de tantas leyendas inventadas para que los estúpidos humanos mitifiquen su propio sufrimiento y lo doten de sentido. Pero el sufrimiento no tiene sentido. Algún romántico dirá que sufrir le demuestra a uno que sigue vivo. Pero la verdad es que aquí no hay quid pro quo que valga, no compensa en nada esto. El sufrimiento es tuyo y te jodes. Si después llegan tiempos mejores, buena suerte, pero no le des las gracias al karma ni a su puta madre. El sufrimiento te lo ha causado algo o alguien. Si ese algo es una relación, arréglalo lo antes que puedas porque no te va a servir de nada aguantar el tirón y redimirte. Y os lo digo yo que he tragado mierda a puñados con la anterior, pero adiós, muy buenas, y que se coma el pastel el siguiente imbécil. Cuanto más te agaches más se te ve el culo, me decía mi viejo, y tiene razón… como en tantas otras cosas. Es más, para lo único que te va a servir aguantar el tirón es para cambiar de bando la próxima vez que empieces a salir con alguien, y entonces no será el karma, sino Freud, quien te explicará por qué coño la relación está viciada antes de empezar, pretendiendo evitar los errores anteriores con una persona a la que toda esa mierda no le importa un carajo, porque también ella tiene sus propios errores anteriores que evitar. No, eso no puede pasar. Tendría que estar prohibido avanzar con un cuidado supremo sobre aquellas cosas sobre las que podríamos taconear sin que temblaran, y saltar sobre las vigas maestras que sostienen nuestras inseguridades, haciendo caer cascotes a montones que sepulten nuestros dos putos corazones.  Ver en alta resolución

Hubo un tiempo en el cual le decía a la gente: todo mi karma contigo. Pero ya no lo digo, no. A decir verdad, tampoco he sabido nunca exactamente qué significa ¿será esto un tema de la xenoglosia? Yo qué coño sé, al caso, tanto le importa a uno lo que es el karma. Como si no fuera una más de tantas leyendas inventadas para que los estúpidos humanos mitifiquen su propio sufrimiento y lo doten de sentido. Pero el sufrimiento no tiene sentido. Algún romántico dirá que sufrir le demuestra a uno que sigue vivo. Pero la verdad es que aquí no hay quid pro quo que valga, no compensa en nada esto. El sufrimiento es tuyo y te jodes. Si después llegan tiempos mejores, buena suerte, pero no le des las gracias al karma ni a su puta madre. El sufrimiento te lo ha causado algo o alguien. Si ese algo es una relación, arréglalo lo antes que puedas porque no te va a servir de nada aguantar el tirón y redimirte. Y os lo digo yo que he tragado mierda a puñados con la anterior, pero adiós, muy buenas, y que se coma el pastel el siguiente imbécil. Cuanto más te agaches más se te ve el culo, me decía mi viejo, y tiene razón… como en tantas otras cosas. Es más, para lo único que te va a servir aguantar el tirón es para cambiar de bando la próxima vez que empieces a salir con alguien, y entonces no será el karma, sino Freud, quien te explicará por qué coño la relación está viciada antes de empezar, pretendiendo evitar los errores anteriores con una persona a la que toda esa mierda no le importa un carajo, porque también ella tiene sus propios errores anteriores que evitar. No, eso no puede pasar. Tendría que estar prohibido avanzar con un cuidado supremo sobre aquellas cosas sobre las que podríamos taconear sin que temblaran, y saltar sobre las vigas maestras que sostienen nuestras inseguridades, haciendo caer cascotes a montones que sepulten nuestros dos putos corazones. 

Qué extraña y reconfortante sensación, tener tu cabeza reposando sobre mi pecho y creerme inmortal. 

Qué extraña y reconfortante sensación, tener tu cabeza reposando sobre mi pecho y creerme inmortal. 

Esto ya sabes cómo funciona, en la vida hay cosas que encajan perfectamente, como por arte de magia. El acople es rápido y todo es sencillo. Esto pasa con absolutamente cualquier cosa que puedas imaginar, con los microrganismos, con la música, en la cópula, con las situaciones, incluso con los sentimientos. Es una explosión y de repente los sentimientos encajan, dejas los problemas atrás, y todo lo malo que tenías antes te parece lejano, olvidable, vulgar. Y entonces es cuando uno siente miedo, porque tiene que sentir ese miedo. O puede alegrarse o entristecerse o agobiarse, esto va con la persona. Luego pasa un suspiro, como un rayo, y la vida se desliza hasta que las cosas vuelven a encajar. Siempre es igual.

Esto ya sabes cómo funciona, en la vida hay cosas que encajan perfectamente, como por arte de magia. El acople es rápido y todo es sencillo. Esto pasa con absolutamente cualquier cosa que puedas imaginar, con los microrganismos, con la música, en la cópula, con las situaciones, incluso con los sentimientos. Es una explosión y de repente los sentimientos encajan, dejas los problemas atrás, y todo lo malo que tenías antes te parece lejano, olvidable, vulgar. Y entonces es cuando uno siente miedo, porque tiene que sentir ese miedo. O puede alegrarse o entristecerse o agobiarse, esto va con la persona. Luego pasa un suspiro, como un rayo, y la vida se desliza hasta que las cosas vuelven a encajar. Siempre es igual.

Q
Frecuentemente tengo la sensación de estar perdiendo el tiempo en tumblr, pero hoy al leer tu página, he aprovechado el tiempo leyendo tus publicaciones, qué forma tan clara y poética, a momentos, tienes para expresarte, me encantó, creo que volveré más seguido, que estés bien. -Carlos, de Chile.
A

Agradezco mucho tus palabras. 

Un abrazo, 

La última noche que pasamos juntos salimos a emborracharnos y empolvarnos la nariz, e inevitablemente las últimas copas y líneas regalaban el sabor amargo de las despedidas. En un momento de desquicio nocturno, le propuse que lo dejara todo y se viniese conmigo. Ella se puso todo lo seria que el subidón le permitía y me aseguró que, como otras veces, no iba a funcionar. No quería formar parte de mi día a día, tenía otros planes, otros hombres, otra vida, y a nosotros sólo como remanente de la pasión pasada. Hay que huir del tedio como de la peste, me dijo. Yo le pedí que se viniese conmigo sin compromiso ninguno, hasta que se cansara, yo tampoco la quería ya como una esposa, o unas esposas, que para el caso es lo mismo. El rollo de fantasear sobre como serían nuestros hijos quedó atrás, o quizás, se retomaría en otro momento ¿Cómo saberlo? Siempre he creído que no es malo estar encadenado siempre que las cadenas puedan romperse (Libertad no conozco, sino la libertad de estar preso en alguien que recitaba Cernuda). Acostumbro a llegar, ponerlo todo patas arriba e irme, me dijo ella. Si mi pieza no encaja en tu puzzle de la vida, puede que le dé una patada, añadió. Luego se acabó la copa de un trago, me miró a los ojos un instante como parando el tiempo, y por fin habló. Esto son novillos de la realidad, es una válvula de escape, sólo puedo entender una relación así, sólo así tiene sentido. Y entonces se le ocurrió algo, tan estúpido como excitante. Nos encontraríamos cada vez en un lugar distinto. Nunca repetiríamos el lugar. Aprovecharíamos los trenes y los vuelos baratos. Haríamos de aquello algo realmente especial. ¡Qué romántico, esto parece Antes del amanecer de Linklater! Me burlé. Entonces ella me dijo completamente en serio que, aunque no lo pareciera, era muy romántica, pero no romántica de Danielle Steel, ni erótico romántica de esas tontas que leen 50 sombras de Grey, sino más bien romántica de Jaime Sabines, romántica de Rubén Darío, romántica de Billie Hollyday, de Edith Piaf, de Chávela Vargas, de esa clase de persona que entiende el romanticismo de circo, del funambulismo, de la historia de amor entre el lanzador de cuchillos y la mujer diana, entre el malabarista y el trapecista, el amor imposible entre la mujer barbuda y el hombre bala, entre la mujer forzuda y el payaso enano. Un amor de película de Tod Browning. Sólo el amor imposible o no correspondido es auténticamente romántico, dijo, el resto tan sólo es el preludio del mayor de los bostezos. No supe que responderle, siempre me ha pillado fuera de juego. Ella aprovechó el silencio para encenderse el enésimo cigarro. ¿Y cuál es nuestro próximo destino? Pregunté mientras palpaba cuanta cocaína quedaba en la papelina. Formentera, contestó. Después se puso en pie y se fue al lavabo. Tardó un siglo en volver, a mi me entró la mala hostia, imágenes de charlas con otros tíos, a toda vista más tontos que yo, todos siempre han sido más tontos que yo. Y apareció, y lo hizo con un gramo nuevo de farlopa en las manos. El resto de la noche se convirtió en una secuencia de imágenes iluminadas en mi cabeza, risas, gemidos, sonidos entrecortados, y de semen entre sus tetas. Al día siguiente, por la tarde, salimos del hotel completamente destruidos. Nos fuimos a la estación y ella rompió a llorar en la despedida. Cosas del bajón, supongo. ¿Formentera? Pregunté. Formentera. Dijo ella. Pero el siguiente destino no fue Formentera, sino Granada, donde pasamos 2 días en los que llovió amargamente, y prácticamente no salimos del hotel, aunque tuvimos la mala suerte de coger hongos y apenas pudimos follar, así que estuvimos contándonos nuestras relaciones, si yo estaba soltero, y ella con novio, y en las excusas que tenía que montar para sortearlo. No es que yo estuviera muy contento con la situación, pero la tenía a ella por unas horas, o días, y para mí ya era suficiente. Dos semanas después nos encontramos en la Costa Brava, en un cuchitril enano, donde dábamos largos paseos de playa por las tardes y ella siempre se despertaba de madrugada y se encerraba a llorar en el lavabo sin que fuera capaz de explicarme los motivos; Luego vino Zaragoza, de donde no recuerdo casi nada salvo que nos comimos una paella horrible, y que ella desapareció una noche y no apareció hasta el día siguiente, sonriente y diciendo que se había perdido, y yo sentí celos de cualquiera, de todos, de nadie, de la misma noche; En Mallorca nos echaron del cine por ir borrachos, meternos mano e incomodar al resto de espectadores; en Toledo, Pamplona y Vigo comencé a notarla menos fogosa, menos activa sexualmente, no como si le sobrara algo sino más bien como si le fallara. Subirnos a una tercera persona para hacernos un trío, tampoco sirvió. Yo le preguntaba que le pasaba, pero ella callaba, callaba, y  callaba, siempre callaba cuando estaba extraña, y en ese castillo no podías más entrar, hasta que ella decidía abrirte las puertas. Si pudieras conocer lo que pasa por mi cabeza, siempre me decía, pero creo que ni ella misma se entendía. Días después noté que cuando nos acostamos solía responder mejor a los estímulos cuanto más agresivo me mostraba. Así que para escucharla sonar, la llamaba zorra, le pegaba en el trasero o le estiraba del pelo mientras bombeaba duro. Pero no fue hasta nuestro encuentro en Sevilla –en medio de un sofocante calor y tratar, inútilmente, de refrescarnos a la sombra de una terraza, y regresar en zigzag al hotel, y quitarnos la ropa en el ascensor, y entrar a trompicones en la habitación, y lamernos, y mordernos, y tumbarnos sobre las frías baldosas del suelo, y gemir, y gritar, y llorar-, que me miró fijamente a los ojos, se apartó de mí, y gimoteando me pidió, primero en susurros y luego a gritos, que la golpeara tan fuerte como pudiera. 

La última noche que pasamos juntos salimos a emborracharnos y empolvarnos la nariz, e inevitablemente las últimas copas y líneas regalaban el sabor amargo de las despedidas. En un momento de desquicio nocturno, le propuse que lo dejara todo y se viniese conmigo. Ella se puso todo lo seria que el subidón le permitía y me aseguró que, como otras veces, no iba a funcionar. No quería formar parte de mi día a día, tenía otros planes, otros hombres, otra vida, y a nosotros sólo como remanente de la pasión pasada. Hay que huir del tedio como de la peste, me dijo. Yo le pedí que se viniese conmigo sin compromiso ninguno, hasta que se cansara, yo tampoco la quería ya como una esposa, o unas esposas, que para el caso es lo mismo. El rollo de fantasear sobre como serían nuestros hijos quedó atrás, o quizás, se retomaría en otro momento ¿Cómo saberlo? Siempre he creído que no es malo estar encadenado siempre que las cadenas puedan romperse (Libertad no conozco, sino la libertad de estar preso en alguien que recitaba Cernuda). Acostumbro a llegar, ponerlo todo patas arriba e irme, me dijo ella. Si mi pieza no encaja en tu puzzle de la vida, puede que le dé una patada, añadió. Luego se acabó la copa de un trago, me miró a los ojos un instante como parando el tiempo, y por fin habló. Esto son novillos de la realidad, es una válvula de escape, sólo puedo entender una relación así, sólo así tiene sentido. Y entonces se le ocurrió algo, tan estúpido como excitante. Nos encontraríamos cada vez en un lugar distinto. Nunca repetiríamos el lugar. Aprovecharíamos los trenes y los vuelos baratos. Haríamos de aquello algo realmente especial. ¡Qué romántico, esto parece Antes del amanecer de Linklater! Me burlé. Entonces ella me dijo completamente en serio que, aunque no lo pareciera, era muy romántica, pero no romántica de Danielle Steel, ni erótico romántica de esas tontas que leen 50 sombras de Grey, sino más bien romántica de Jaime Sabines, romántica de Rubén Darío, romántica de Billie Hollyday, de Edith Piaf, de Chávela Vargas, de esa clase de persona que entiende el romanticismo de circo, del funambulismo, de la historia de amor entre el lanzador de cuchillos y la mujer diana, entre el malabarista y el trapecista, el amor imposible entre la mujer barbuda y el hombre bala, entre la mujer forzuda y el payaso enano. Un amor de película de Tod Browning. Sólo el amor imposible o no correspondido es auténticamente romántico, dijo, el resto tan sólo es el preludio del mayor de los bostezos. No supe que responderle, siempre me ha pillado fuera de juego. Ella aprovechó el silencio para encenderse el enésimo cigarro. ¿Y cuál es nuestro próximo destino? Pregunté mientras palpaba cuanta cocaína quedaba en la papelina. Formentera, contestó. Después se puso en pie y se fue al lavabo. Tardó un siglo en volver, a mi me entró la mala hostia, imágenes de charlas con otros tíos, a toda vista más tontos que yo, todos siempre han sido más tontos que yo. Y apareció, y lo hizo con un gramo nuevo de farlopa en las manos. El resto de la noche se convirtió en una secuencia de imágenes iluminadas en mi cabeza, risas, gemidos, sonidos entrecortados, y de semen entre sus tetas. Al día siguiente, por la tarde, salimos del hotel completamente destruidos. Nos fuimos a la estación y ella rompió a llorar en la despedida. Cosas del bajón, supongo. ¿Formentera? Pregunté. Formentera. Dijo ella. Pero el siguiente destino no fue Formentera, sino Granada, donde pasamos 2 días en los que llovió amargamente, y prácticamente no salimos del hotel, aunque tuvimos la mala suerte de coger hongos y apenas pudimos follar, así que estuvimos contándonos nuestras relaciones, si yo estaba soltero, y ella con novio, y en las excusas que tenía que montar para sortearlo. No es que yo estuviera muy contento con la situación, pero la tenía a ella por unas horas, o días, y para mí ya era suficiente. Dos semanas después nos encontramos en la Costa Brava, en un cuchitril enano, donde dábamos largos paseos de playa por las tardes y ella siempre se despertaba de madrugada y se encerraba a llorar en el lavabo sin que fuera capaz de explicarme los motivos; Luego vino Zaragoza, de donde no recuerdo casi nada salvo que nos comimos una paella horrible, y que ella desapareció una noche y no apareció hasta el día siguiente, sonriente y diciendo que se había perdido, y yo sentí celos de cualquiera, de todos, de nadie, de la misma noche; En Mallorca nos echaron del cine por ir borrachos, meternos mano e incomodar al resto de espectadores; en Toledo, Pamplona y Vigo comencé a notarla menos fogosa, menos activa sexualmente, no como si le sobrara algo sino más bien como si le fallara. Subirnos a una tercera persona para hacernos un trío, tampoco sirvió. Yo le preguntaba que le pasaba, pero ella callaba, callaba, y  callaba, siempre callaba cuando estaba extraña, y en ese castillo no podías más entrar, hasta que ella decidía abrirte las puertas. Si pudieras conocer lo que pasa por mi cabeza, siempre me decía, pero creo que ni ella misma se entendía. Días después noté que cuando nos acostamos solía responder mejor a los estímulos cuanto más agresivo me mostraba. Así que para escucharla sonar, la llamaba zorra, le pegaba en el trasero o le estiraba del pelo mientras bombeaba duro. Pero no fue hasta nuestro encuentro en Sevilla –en medio de un sofocante calor y tratar, inútilmente, de refrescarnos a la sombra de una terraza, y regresar en zigzag al hotel, y quitarnos la ropa en el ascensor, y entrar a trompicones en la habitación, y lamernos, y mordernos, y tumbarnos sobre las frías baldosas del suelo, y gemir, y gritar, y llorar-, que me miró fijamente a los ojos, se apartó de mí, y gimoteando me pidió, primero en susurros y luego a gritos, que la golpeara tan fuerte como pudiera. 

Recuerda, están el resto, y estoy yo. 

Recuerda, están el resto, y estoy yo. 

¿Quieres que te meta un dedo en el culo? Solté una carcajada. Yo estaba justo encima, entrando y saliendo de ella, lenta, serenamente, tratando de llegar a lo más adentro de su ser, como un tronco empujado por las olas, exhaustos ambos tras una maratón de sexo. Todo el mundo sabe –y si no os lo digo yo- que el punto G masculino se estimula masajeando con el dedo la glándula prostática, una pequeña nuez que se encuentra en el interior del recto. Tradicionalmente, siempre se ha relacionado sexo anal con la homosexualidad, así que los más machos siempre han huido de ello como de la lepra. Por entonces aún tenía algunos prejuicios y la pregunta me incomodó. Ella sonreía, pero preguntaba completamente en serio. Cuando te meten un dedo en el culo, al principio duele, pero al cabo de un tiempo, el dolor se amalgama con el placer. Y es que el placer y el dolor tienen demasiado que ver, tanto, que muchas veces cuesta distinguirlos. Unas horas antes, ella me había dado la noticia que había estado con tal o con cual antes de verse conmigo, y yo me sentí mal. Ella lo notó en mi semblante y se echó a reír, cosa que me acabó por enfadar. No me gusta que juegues con mis emociones, le dije, y ella respondió que los otros habían sido un error tras nuestra ruptura, que me había buscado en todos los hombres que había conocido… con mal resultado. Con una sonrisa tierna, comentó que me compensaría. Me cogió de la mano y me llevó lejos a un punto perdido de la playa perdida de ese pueblo perdido. Nos sentamos frente a frente y nos miramos. Todo era atracción, como en los viejos tiempos. Tras estar unos minutos absortos el uno con el otro, podríamos habernos arrancado la ropa allí mismo, pero preferimos irnos al hotel. Una vez allí nos desnudamos, nos echamos en la cama y ella se puso de rodillas, cojín debajo, y me hizo una lenta, húmeda y profunda felación. Cerré los ojos y la dejé hacer, abandonándome al placer. Justo en ese momento olvidé cualquier resquicio de rencor anterior. Únicamente la veía ahí, despeinada, con la piel brillante de sudor, más bella que nunca, subiendo y bajando, subiendo y bajando. Poco después, cuando la penetré, se acercó a mi oído y me dijo: Creo que me he vuelto a enamorar de ti. Creer es cuestión de fe, aunque tampoco quise pensar demasiado. En ese momento, por mi mente cruzaba con paso firme un pelotón de imágenes entrecortadas, fugaces como las luces en las autopistas de madrugada, y recordé lo mal que lo había pasado anteriormente con ella, y el paraíso que estaba viviendo ahora, y quise parar el tiempo, romperlo, robar su poder. Nunca valoras tanto el cielo como cuando vienes de pisar el infierno, tiene gracia que la misma persona me hubiera dado el pase a los dos destinos tantas veces en el pasado. De alguna manera, figuradamente hablando, ese día, ella ya me había metido un dedo, o incluso dos, en el recto. La abracé y la penetré, más hondo, más duro, hasta hacerle arquear la espalda por completo. Seguimos follando casi toda la noche, entre cigarrillos, conversaciones banales, risas y luz amarilla. Había que aprovechar que aún estábamos vivos. 

¿Quieres que te meta un dedo en el culo? Solté una carcajada. Yo estaba justo encima, entrando y saliendo de ella, lenta, serenamente, tratando de llegar a lo más adentro de su ser, como un tronco empujado por las olas, exhaustos ambos tras una maratón de sexo. Todo el mundo sabe –y si no os lo digo yo- que el punto G masculino se estimula masajeando con el dedo la glándula prostática, una pequeña nuez que se encuentra en el interior del recto. Tradicionalmente, siempre se ha relacionado sexo anal con la homosexualidad, así que los más machos siempre han huido de ello como de la lepra. Por entonces aún tenía algunos prejuicios y la pregunta me incomodó. Ella sonreía, pero preguntaba completamente en serio. Cuando te meten un dedo en el culo, al principio duele, pero al cabo de un tiempo, el dolor se amalgama con el placer. Y es que el placer y el dolor tienen demasiado que ver, tanto, que muchas veces cuesta distinguirlos. Unas horas antes, ella me había dado la noticia que había estado con tal o con cual antes de verse conmigo, y yo me sentí mal. Ella lo notó en mi semblante y se echó a reír, cosa que me acabó por enfadar. No me gusta que juegues con mis emociones, le dije, y ella respondió que los otros habían sido un error tras nuestra ruptura, que me había buscado en todos los hombres que había conocido… con mal resultado. Con una sonrisa tierna, comentó que me compensaría. Me cogió de la mano y me llevó lejos a un punto perdido de la playa perdida de ese pueblo perdido. Nos sentamos frente a frente y nos miramos. Todo era atracción, como en los viejos tiempos. Tras estar unos minutos absortos el uno con el otro, podríamos habernos arrancado la ropa allí mismo, pero preferimos irnos al hotel. Una vez allí nos desnudamos, nos echamos en la cama y ella se puso de rodillas, cojín debajo, y me hizo una lenta, húmeda y profunda felación. Cerré los ojos y la dejé hacer, abandonándome al placer. Justo en ese momento olvidé cualquier resquicio de rencor anterior. Únicamente la veía ahí, despeinada, con la piel brillante de sudor, más bella que nunca, subiendo y bajando, subiendo y bajando. Poco después, cuando la penetré, se acercó a mi oído y me dijo: Creo que me he vuelto a enamorar de ti. Creer es cuestión de fe, aunque tampoco quise pensar demasiado. En ese momento, por mi mente cruzaba con paso firme un pelotón de imágenes entrecortadas, fugaces como las luces en las autopistas de madrugada, y recordé lo mal que lo había pasado anteriormente con ella, y el paraíso que estaba viviendo ahora, y quise parar el tiempo, romperlo, robar su poder. Nunca valoras tanto el cielo como cuando vienes de pisar el infierno, tiene gracia que la misma persona me hubiera dado el pase a los dos destinos tantas veces en el pasado. De alguna manera, figuradamente hablando, ese día, ella ya me había metido un dedo, o incluso dos, en el recto. La abracé y la penetré, más hondo, más duro, hasta hacerle arquear la espalda por completo. Seguimos follando casi toda la noche, entre cigarrillos, conversaciones banales, risas y luz amarilla. Había que aprovechar que aún estábamos vivos. 

¿Recuerdas cuándo éramos amigos? Antes de los besos, de las mamadas, de las traiciones, de las lágrimas, cuando lo único que importaba era sobrevivir al atropello del alba. Entonces el sabor de tu piel era un misterio, tu corazón, vagina y boca eran de otro(s) y en aquel entonces todavía me era imposible echarte de menos. Yo era un tío curioso, que se juzgaba a si mismo con la misma dureza que al resto, pero que se auto indultaba con sencillez. Tú te hacías la valiente en los baños de madrugada, y yo jugaba a escribirte mensajes a la mañana ¿Te acuerdas? Tú siempre reías ¿Te acuerdas, verdad? Pues yo no. Doy por hecho que ocurrió, pero no consigo recordarlo con claridad. Quizás todo fue un montaje, como el alunizaje del hombre en la Luna, como la Guerra Fría, o como los Reyes Magos. No sé que día me mordiste el labio por primera vez, ni el color de tus sábanas, ni el calor de su cobijo. No sé nada de los lunares en tu espalda, nunca me enrosqué entre tus piernas y me es ajeno por completo el calor de tus pechos. Tu nombre es un pájaro que hace tiempo migró de mi cabeza. Las cenas pasada la medianoche, la cocaína en los lavabos, el sexo por desayuno, tus pies desnudos en la arena, tu pelo negro como la hulla, tus ojos verde esperanza, como tu excitante manera de bailar y reír, Sólo palabras que ya carecen de sentido. En mi mente no queda ni un solo instante de ti. Ocurrió, puede que hasta esté en los libros de historia, en la imaginería popular, o en lo más profundo de la memoria genética. Sé que pasó, pero sencillamente, lo he olvidado. Cualquier objeto, canción, o nombre que me evoque el azucarado olor de esos días ha sido eliminado. Me deshice tan pronto como pude de todos tus recuerdos. El container de enfrente de casa está lleno de ellos. Podría juguetear a la nostalgia, podría incluso narrar una dulce ucronía de los hechos, con final feliz incluido, podría tal vez buscar secuelas, precuelas o dejarme arrastrar a universos paralelos, podría pintar las paredes del color de tus caderas y dibujarme a mi pegado a ellas. Quizás fuiste real, pero ya no lo eres. El pasado ha muerto. Larga vida al futuro. A menudo salgo a la calle y reboto en las paredes. Descubro cosas que jamás pensé que encontraría. Hay otras voces, otras músicas, otros cuerpos. Otros labios me dan las buenas noches y otros brazos me abrazan. ¿En tu vida también? Apuesto a que sí, siempre te dejaste ‘amar’ demasiado. Pienso en la gente que casi me perdí por ti, y en la que de hecho perdí, en todo lo perdido, pero que todavía siento, como un brazo amputado. En los segundos, minutos, horas, semanas y milenios, tirados a la basura, por ti. Por ti que ya no te siento. Que ni siquiera recuerdo haberte sentido. A veces entro en un bar como éste desde el que te hablo sin palabras, desde el que ahora firmo estas líneas, y me siento en la barra, lejos del bullicio, como hacíamos nosotros, que siempre encontrábamos las mesas llenas. Bebo y el alcohol cicatriza las heridas. Miro las curvas de las botellas y de las mujeres y sé que te he olvidado. Anestesiado, por fin, me cuentan que tu corazón sigue siendo un vertedero. Al instante, mi concentración se diluye y mi atención vuelve a centrarse en el resto de elementos que forman el universo, inmenso, inabarcable e infinito sin tu presencia. A veces, te cruzas en mi mente mientras beso a otras, y el beso se vuelve amargo, y las lenguas se vuelven lijas y la saliva, cuchillas en las encías. Un instante de dolor y me entrego al olvido. Que bien sabe el beso luego, con el sabor a hierro de la sangre, con el gusto a victoria. Delicioso deja vu. ¿Recuerdas al principio cuando sólo éramos amigos? Podríamos serlo aún. Podríamos haberlo sido siempre. M, amada, M. Qué tristeza me dejaste, qué vulnerable. En tu adiós con mentiras y jodiendas me plantaste dos pilares de dolor y yo no sabía que hacer con ellos. Ahora sé que debía construir sobre ellos y así, edifiqué una casa sin ti. De enormes ladrillos, uno por cada noche que pasé retorciéndome en la cama fornicando con tu ausencia. Ahora ya no me dueles, M. No puedes hacerlo porque no existes más allá de alguna fotografía inoportuna, o de algún imbécil que todavía me pregunta por ti: “qué será de la loca esa”, por si volverás. Pero no puedes. No se puede regresar de donde nunca has existido. Olvídate. Ni tú eres Ulises ni mi cuerpo es Itaca. El tiempo ha pasado y mi reloj ya no te espera, M. Ya no. Y esa certeza es una bofetada de verdad que me clava al suelo. Lo siento, Te Lo Perdiste. Y comprende lo que se ha perdido. Dicen que el que olvida el pasado está condenado a repetirlo. Y yo te he olvidado por completo.  Ver en alta resolución

¿Recuerdas cuándo éramos amigos? Antes de los besos, de las mamadas, de las traiciones, de las lágrimas, cuando lo único que importaba era sobrevivir al atropello del alba. Entonces el sabor de tu piel era un misterio, tu corazón, vagina y boca eran de otro(s) y en aquel entonces todavía me era imposible echarte de menos. Yo era un tío curioso, que se juzgaba a si mismo con la misma dureza que al resto, pero que se auto indultaba con sencillez. Tú te hacías la valiente en los baños de madrugada, y yo jugaba a escribirte mensajes a la mañana ¿Te acuerdas? Tú siempre reías ¿Te acuerdas, verdad? Pues yo no. Doy por hecho que ocurrió, pero no consigo recordarlo con claridad. Quizás todo fue un montaje, como el alunizaje del hombre en la Luna, como la Guerra Fría, o como los Reyes Magos. No sé que día me mordiste el labio por primera vez, ni el color de tus sábanas, ni el calor de su cobijo. No sé nada de los lunares en tu espalda, nunca me enrosqué entre tus piernas y me es ajeno por completo el calor de tus pechos. Tu nombre es un pájaro que hace tiempo migró de mi cabeza. Las cenas pasada la medianoche, la cocaína en los lavabos, el sexo por desayuno, tus pies desnudos en la arena, tu pelo negro como la hulla, tus ojos verde esperanza, como tu excitante manera de bailar y reír, Sólo palabras que ya carecen de sentido. En mi mente no queda ni un solo instante de ti. Ocurrió, puede que hasta esté en los libros de historia, en la imaginería popular, o en lo más profundo de la memoria genética. Sé que pasó, pero sencillamente, lo he olvidado. Cualquier objeto, canción, o nombre que me evoque el azucarado olor de esos días ha sido eliminado. Me deshice tan pronto como pude de todos tus recuerdos. El container de enfrente de casa está lleno de ellos. Podría juguetear a la nostalgia, podría incluso narrar una dulce ucronía de los hechos, con final feliz incluido, podría tal vez buscar secuelas, precuelas o dejarme arrastrar a universos paralelos, podría pintar las paredes del color de tus caderas y dibujarme a mi pegado a ellas. Quizás fuiste real, pero ya no lo eres. El pasado ha muerto. Larga vida al futuro. A menudo salgo a la calle y reboto en las paredes. Descubro cosas que jamás pensé que encontraría. Hay otras voces, otras músicas, otros cuerpos. Otros labios me dan las buenas noches y otros brazos me abrazan. ¿En tu vida también? Apuesto a que sí, siempre te dejaste ‘amar’ demasiado. Pienso en la gente que casi me perdí por ti, y en la que de hecho perdí, en todo lo perdido, pero que todavía siento, como un brazo amputado. En los segundos, minutos, horas, semanas y milenios, tirados a la basura, por ti. Por ti que ya no te siento. Que ni siquiera recuerdo haberte sentido. A veces entro en un bar como éste desde el que te hablo sin palabras, desde el que ahora firmo estas líneas, y me siento en la barra, lejos del bullicio, como hacíamos nosotros, que siempre encontrábamos las mesas llenas. Bebo y el alcohol cicatriza las heridas. Miro las curvas de las botellas y de las mujeres y sé que te he olvidado. Anestesiado, por fin, me cuentan que tu corazón sigue siendo un vertedero. Al instante, mi concentración se diluye y mi atención vuelve a centrarse en el resto de elementos que forman el universo, inmenso, inabarcable e infinito sin tu presencia. A veces, te cruzas en mi mente mientras beso a otras, y el beso se vuelve amargo, y las lenguas se vuelven lijas y la saliva, cuchillas en las encías. Un instante de dolor y me entrego al olvido. Que bien sabe el beso luego, con el sabor a hierro de la sangre, con el gusto a victoria. Delicioso deja vu. ¿Recuerdas al principio cuando sólo éramos amigos? Podríamos serlo aún. Podríamos haberlo sido siempre. M, amada, M. Qué tristeza me dejaste, qué vulnerable. En tu adiós con mentiras y jodiendas me plantaste dos pilares de dolor y yo no sabía que hacer con ellos. Ahora sé que debía construir sobre ellos y así, edifiqué una casa sin ti. De enormes ladrillos, uno por cada noche que pasé retorciéndome en la cama fornicando con tu ausencia. Ahora ya no me dueles, M. No puedes hacerlo porque no existes más allá de alguna fotografía inoportuna, o de algún imbécil que todavía me pregunta por ti: “qué será de la loca esa”, por si volverás. Pero no puedes. No se puede regresar de donde nunca has existido. Olvídate. Ni tú eres Ulises ni mi cuerpo es Itaca. El tiempo ha pasado y mi reloj ya no te espera, M. Ya no. Y esa certeza es una bofetada de verdad que me clava al suelo. Lo siento, Te Lo Perdiste. Y comprende lo que se ha perdido. Dicen que el que olvida el pasado está condenado a repetirlo. Y yo te he olvidado por completo.